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Cabos sueltos

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Cabos sueltos

Mensaje por Aidlliain Llhuc-Dwahin el 28/12/15, 01:27 pm

Tras días de lluvia el sol volvía a brillar sobre Tincracia. El viento arrastraba las nubes grises, deshilachadas, hacia el este y la ciudad bullía de júbilo. Las noticias de la victoria del Dux sobre la flota de Aspher habían llegado a la capital ese mismo día, y la gente, volcada en espontáneos festejos callejeros, celebraba como un buen augurio que la lluvia hubiera desaparecido al mismo tiempo. Tanto en la Plataforma como en los Arrabales la música y el alcohol llenaban las calles, y hasta el último buscavidas de la ciudad se atribuía un pellizco de la gloria de la batalla. Adivinos, buhoneros y comerciantes pretendían erigirse como responsables del triunfo: “Yo mismo le vendí un amuleto como éste a Su Excelencia el Dux”, o “Soy proveedor oficial de la Flota Real, han sido mis flechas las que hicieron huir a Aspher en Shamataw”. Sacerdotes de las más variopintas religiones aprovechaban la coyuntura para proclamar la superioridad de sus ídolos frente al fanatismo del Duque Alexander Darg, mientras que las puertas de la mayoría de los templos de la Dama permanecían cerradas… quizás por orgullo, quizás por miedo a las represalias.

Aidlliain Llhuc-Dwahin dormitaba sentado en un gran butacón forrado de terciopelo en el recibidor de su fastuosa mansión en la Plataforma. Vestía una imponente túnica azul y dorada, con un cuello que se desplegaba tras su cabeza como la cola de un pavo real. Acompañando la imagen, ya barroca de por sí, lucía un increíble despliegue de joyería: collares, anillos, pendientes y alfileres, todos bruñidos, relucientes y enjoyados, lo cual, sumado a la evidente peluca de bucles rubios que coronaba su cabeza y al recargado maquillaje, le daba un aspecto extrañamente regio y grotesco a la vez. La amplitud de los jardines hacía que el jolgorio de las calles llegara amortiguado, como en un sueño, y eso, sumado al agradable calorcillo hacía que los párpados del anciano cayeran una y otra vez a pesar de los ímprobos esfuerzos de éste por mantenerlos abiertos. A su lado, en una mesita auxiliar, sobre un plato de finísma porcelana, seis pichones rellenos con salsa especiada de Shamataw esperaban, intactos, que alguien se los llevara a la boca. Los sirvientes de la mansión, aunque conscientes de la excentricidad de su señor, vagabundeaban inquietos por los corredores de la casa arreglando hasta los detalles más nimios con tal de estar ocupados.

Lo cierto es de Aidlliain esperaba un paquete, un paquete largo tiempo codiciado y que, por fin, el destino ponía al alcance de sus manos. Sus contactos en Lytenberg habían conseguido hacerse con él tras meses de trabajo, y un tiempo después de que el Dux levara anclas le había llegado una misiva desde Rhylia informándole de que el paquete lacrado había sido recuperado y puesto en manos de una mensajera a la que se había mantenido ignorante sobre el contenido de su carga. Desde el momento en que llegó esa carta, el anciano no se había movido de la butaca, ni para comer ni para dormir, e incluso sus necesidades más básicas las hacía sentado en la butaca (para disgusto del sirviente al que le tocara retirar la bacinilla con los deshechos de su señor), pero cada día que pasaba las posibilidades de que el mensaje llegara a su destino iban siendo cada vez menores. Los sirvientes cuchicheaban e intercambiaban chismes, especulando cuanto tardaría en morir el viejo si no se movía de allí.
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Re: Cabos sueltos

Mensaje por Léa el 31/12/15, 05:49 pm

¿Quién gana realmente con una guerra, aparte de los comerciantes y demás avíos de combate? Léa se había hecha esa pregunta muchas veces en los últimos meses y la respuesta era siempre la misma: prácticamente nadie más; la guerra traía la pobreza, cuando no la miseria a todo los que no poseían una fortuna para respaldarse en los tiempos de malaventura, o sea la inmensa mayoría de los habitantes del reino, sus potenciales clientes. Para ella misma el inicio de la guerra había significado el comienzo de un período de vacas flacas.

Podría pensarse que familias separadas al partir los hombres los hombres al frente de batalla ansiarían comunicarse y eso proporcionaría mucho trabajo a una mensajera y escriba como ella, pero nones. Las familias sí que querían comunicarse, pero una desoladora mayoría simplemente no tenía como pagar un servicio de mensajería y los pocos que si podían, siempre pedían una rebaja.
Y como si eso ya no fuera suficientemente malo para el negocio y los ingresos de la muchacha, viajar entre las islas se había vuelto extremadamente difícil. Ya no había un servicio regular de embarcaciones - nunca sabías cuando iba a zarpar el próximo barco o cuanto ibas a tardar en llegar a tu destino -, había una enorme probabilidad de encontrarte en medio de una escaramuza en el mar o una refriega de guerrillas en tierra y, además, te registraban e interrogaban y tenías que mostrar una cantidad de papeles para entrar y salir de cada isla de una manera más o menos legal.

Ciertamente nada de eso facilitaba que una chica se ganara los porotos, por emprendedora y animosa que fuera y Léa había tenido que desempeñar otros oficios, como guía por ejemplo, para atender a su sustento. Excepción hecha de vender su cuerpo o esclavizarse en los telares, bastidores o tintorerías de los barrios en que se fabricaba las bellas telas por las que destacaba su nativo Thialir, la joven no desdeñaba ningún trabajo, aunque en algunos permanecía muy poco tiempo y ninguno le gustara más que ejercer su labor de mensajera y escriba y viajar por el reino.

Así las cosas, el encargo que le habían hecho en Rhylia había resultado una auténtica bendición de la Dama para ella. Cierto que llevar una encomienda desde el bastión de la Dama a la capital del Triskel no era tarea fácil y hasta podía resultar peligrosa dado el estado de guerra, pero a caballo regalado no se le mira el diente y la paga por el encargo era muy buena. Demasiado buena, quizás, pero no era el momento de hacerse la remilgosa, y Léa aceptó el trabajo sin mayores reparos.

En tiempo de paz ir desde Lytenberg a Trinacria era cosa de dos o tres días, según el favor del viento. Pero estando ambas ciudades en bandos opuestos, no había forma de hacer el camino en forma directa. Y por inofensivo que pudiera ser el paquete que portaba, la muchacha podía tener muchos problemas si al llegar a Trinacria sabían que su punto de partida había sido el corazón del enemigo, por lo que había descrito un círculo que había comprendido a Denkenia, Móselec, Ur_ Shalasti, Adysium y, finalmente, Trinacria.

Las dificultades para conseguir pasaje en las pocas naves que aún prestaban servicio a civiles – algún soborno había tenido que pagar, pero aun así el trabajo seguía siendo rentable – sumado a los caprichos meteorológicos, había alargado un viaje ya más largo que lo habitual y los tres días que la mensajera hubiera tardado en circunstancias normales se habían convertido en tres semanas, pero al fin había llegado a destino: una lujosa residencia en la Plataforma, a cuya puerta llamaba sin timidez alguna.
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Re: Cabos sueltos

Mensaje por Aidlliain Llhuc-Dwahin el 02/01/16, 03:40 pm

Aquellos golpes sonaron estentóreamente en la estancia, e hicieron que los sirvientes desperdigados por la casa aparecieran como por arte de magia en el vestíbulo. Aidlliain miró a su alrededor con aire somnoliento, y sus criados, perfectamente alineados, le devolvieron la mirada, expectantes. Durante unos instantes el anciano los miró uno a uno, confuso, como preguntándose qué hacía allí toda esa gente, o por qué le miraban tan intensamente. La puerta sonó de nuevo y Aidlliain dio un respingo en su trono y miró a la entrada dándose cuenta en ese momento de que “habían llamado a la puerta”. Pasó en unos segundos de un estado de semi hibernación a estar sobreexcitado, como un niño la mañana de su cumpleaños, tan excitado que parecía estar petrificado en esa silla demasiado grande para su cuerpo.

Nadie en la sala movía un músculo. El amo, paralizado por la emoción, y los sirvientes esperando recibir órdenes, resistiendo la imperiosa llamada que provenía de la puerta. Sonaron los golpes una tercera vez, y, por fin, Aidlliain reaccionó y fue a levantarse, pero antes de llegar a poner un pie en el suelo, se paró en seco, y acordándose súbitamente, miró a su mayordomo jefe con aire interrogante, como pidiéndole permiso. Éste se quedó clavado en el sitio, mirando a su señor incómodamente, sin saber reaccionar. La situación se prolongó durante unos instantes, en los que el silencio de la sala era denso como la mantequilla, hasta que la tensión se hizo insoportable y con un brusco movimiento de cabeza el mayordomo señaló a la puerta. Con una sonrisa de oreja a oreja, Aidlliain bajó de su silla y comenzó a dar palmadas histéricamente.

-¡Vamos, vamos, venga! ¿A qué esperáis, hatajo de gandules?- gritaba con una voz aguda y chirriante mientras correteaba como podía hasta la puerta.- ¡Veeeengaaaa! ¡Hop, hop, hop! ¡No tenemos todo el día!

Libres al fin de aquella incómoda situación y de la inmovilidad, los criados se pusieron en movimiento, y, como en una coreografía perfectamente sincronizada, comenzaron a hacerse cargo de la situación. Dos de ellos avanzaron rápidamente hacia la puerta de doble hoja, que abrieron con suavidad, permitiendo ver a la joven por primera vez el vestíbulo de la mansión, y al extravagante anciano correteando hacia ella con una sonrisa bailoteante y la peluca ladeada. Tras él, el resto de los criados descorrían las ventanas y colocaban una pequeña mesa y una silla frente al trono, al tiempo que algunos extraían unos extravagantes instrumentos de un armario y comenzaban a afinarlos.

-¡Bienvenida… bienvenida!- Aidlliain llegó jadeante a la altura de la mensajera, tambaleándose hasta tal punto que estuvo a punto de caerse, y tan sólo la oportuna aparición de un sirviente que colocó un bastón bajo su mano evitó que el anciano se diera de bruces.- Por… favor… paa… ¡Uuuuuf! Ay… Ay… Perdona, pequeña… es que uno… uno ya no está para estos… trotes… Por favor, pasa, pequeña.- mientras hablaba, hizo un ademán de agarrar a la joven de la mano, y sin asegurarse de haberla cogido comenzó a caminar hacia la mesa donde los criados estaban colocando platos y vasos.- ¡Al fin llegaste! No sabes lo preocupado que me tenías… Ya pensaba que estarías en manos de algún sucio pirata, o en el fondo del mar, ¡o peor aún, con esos desagradables meapilas! ¡¡Puaj!! ¡Pero bueno!- dijo al llegar a la altura de la mesa, sentándose de nuevo en el sillón.- Ya estás aquí, ¡has llegado!, y eso es lo que cuenta

El anciano no cabía en sí de gozo. Se arrellanó en su trono e hizo pequeños cambios en la colocación de la cubertería, al tiempo que hacía desmañados gestos a los criados, haciéndoles unas indicaciones que sólo parecía comprender él. De pronto se detuvo, pensativo, y dirigió su mirada hacia la joven mensajera, como fijándose en ella por primera vez desde que se abrieron las puertas, y parpadeó confuso.

-¿Tú quién eres?
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Re: Cabos sueltos

Mensaje por Léa el 06/01/16, 08:37 pm

Luego de la tercera tanda de golpes,  Léa comenzó a inquietarse ¿Habría alguien en esa casa? No tenía pinta de casa abandonada, claro, pero la tardanza en responder a sus llamadas era inusual. Sabía que una residencia tan magnífica como esa solía estar dotada con una numerosa servidumbre que respondía con presteza a cualquiera que llamara a la puerta, que siempre podía tratarse de alguien importante. Aunque alguno de los sirvientes  tuviera el día libre, más de alguien debía estar trabajando ¿Sería que los que quedaban eran sordos?

“Como sea, parece que tendré que volver más tarde, pero voy a probar por última vez”, se dijo la muchacha, pero entonces la puerta se abrió suavemente, como respondiendo a su mera intención. La visión del anciano trotando hacia ella la dejó con la boca abierta y clavada en su sitio - tan extravagante e inesperada era y mira que había visto cosas raras en sus viajes por las islas- pero quedarse pasmada ante situaciones insólitas era algo muy perjudicial en su negocio, así que reaccionando con presteza siguió al dueño de la casa, quien había fallado el intento de tomarla de la mano, al interior de la misma.

El gozo que el anciano mostraba en palabras y actitudes, le parecía tan extraño a Léa como su apariencia. Cierto que había visto a mucha gente feliz, exultante incluso, cuando le entregaba una carta o una encomienda, pero esto era distinto… era demasiado frenético, casi febril. Quizás era la pinta del viejo la que influía en la apreciación que la chica hacía de la situación, pero por si acaso se mantuvo a prudente distancia, no fuera cosa que cambiara de tecla y se volviera agresivo de un momento a otro.

El interior de la mansión era realmente espléndido, se notaba que había mucho dinero ahí. Mientras fue Leonor de Cierch, la mensajera  se había codeado con la elite de Ashper y conocido el lujo y la elegancia.  Sabía reconocer la verdadera calidad y finura en objetos y materiales y en ese lugar había de eso por doquier. Algunos objetos era de un gusto verdaderamente exquisito, pero el conjunto en general resultaba abigarrado, tan estrafalario como su anfitrión.

Que el señor de la casa tomara asiento, no fue interpretado por Léa como una invitación a hacer lo mismo. Se mantuvo de pie, hasta que él se serenó un poco y tomó realmente nota de su presencia. Claro que lo que dijo fue lo que menos esperaba. ¿Qué  quién era? Todo el alboroto que había armado había hecho que la muchacha supusiera que él ya sabía que era la persona que debía traerle un paquete que esperaba hacía mucho, ¿y ahora no sabía quién era?

De haber vivido en la Tierra en el siglo XXI, la mensajera hubiera pensado que había caído en un programa de cámaras indiscretas, pero como no era así, creyó que al viejo se le había corrido una teja y la asaltó una duda: ¿sería realmente ese chiflado el destinatario de su entrega? ¿no le habrían dado mal la dirección?

- Me llamo Léa y traigo un paquete – contestó – El señor  Aidlliain Llhuc-Dwahin, supongo – añadió, luego de una brevísima pausa.


Última edición por Léa el 10/02/16, 06:22 pm, editado 1 vez
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Re: Cabos sueltos

Mensaje por Aidlliain Llhuc-Dwahin el 30/01/16, 11:52 am

- Léa...

La voz que se deslizó de entre los labios de aquel anciano parecía pertenecer a otra persona. El chirriante y agudo tono con el que había hablado hasta ahora se había transformado en una voz profunda, suave y bien modulada, y como el ronroneo de un enorme gato, transmitía a partes iguales una divertida curiosidad y una amenaza apenas encubierta. De pronto, la mirada del anciano dejaba ver una escalofriante frialdad mientras resbalaba por el cuerpo de la muchacha que tenía enfrente al tiempo que sus manos recortaban lentamente el espacio entre ambos cuerpos, crispadas como garras. Los ojos de la mensajera y el anciano se cruzaron, y por unos segundos, un fuego febril, una antinatural vivacidad pareció relucir en el fondo de las pupilas de aquel hombre. Sin embargo, antes de que nada ocurriera, las manos de Aidlliain, que habían seguido surcando el aire, aparentemente inadvertidas de los deseos de su dueño, se toparon con el paquete que sostenía la mensajera.

- ¡Oh! – una expresión de sorpresa cruzó el rostro del anciano, que parpadeó confuso alternando su mirada entre Léa y el paquete, inseguro sobre cómo proceder.- Eeeeeh…

Aquellas manos, aparentemente más sabias que el hombre que las portaba, habían aferrado el paquete, y ahora Aidlliain lo contemplaba con el rostro arrugado en una gran mueca de concentración. Comenzó a desplazar el bulto con cuidado, mirando a la mensajera  y a su mayordomo jefe con un gesto similar al de un niño al que han pillado haciendo alguna barrabasada, hasta colocarlo con cuidado sobre la mesa. Sin dejar de mirar a las dos personas que compartían su aire, dos de sus dedos, formando una pinza, agarraron con cuidado el extremo de un cordel que sobresalía del paquete y tiraron de él con suavidad. Con un sonido suave, el paquete se desenvolvió dejando ver una pequeña caja negra con un papel escrito encima. Aidlliain, que al desenvolverse el papel se había encogido como si esperara que una horrible bestia saltara sobre él, agarró el escrito con avidez, y mientras sus ojos volaban por el texto, su rostro se iba oscureciendo. Finalmente, levantó la mirada y buscó alrededor de la caja, levantándola y sacudiéndola, pero nada sucedió.

Durante unos instantes, pareció que el anciano iba a estallar en una explosión de ira: músculos crispados, respiración acelerada, mirada fija... De hecho, el mayordomo, que se hallaba junto a Léa, inició un retroceso apenas perceptible situando a la mensajera entre él y su amo, preparándose para la lluvia de comida que solía seguir a las decepciones del anciano. Pero, contra todo pronóstico, un cansado suspiro se escapó de su pecho, y como si estuviera hecho de mantequilla, se deshizo sobre el sillón con el papel fuertemente apretado en su mano, como si el peso del mundo hubiera caído de repente sobre sus hombros.

- Bhim… Paga a la chica.- el mayordomo, aliviado, desapareció con velocidad por un lateral de la sala, quedándose ésta completamente vacía a excepción de la chica y el desolado anciano.- ¿Sabes? Pensé que esta vez ya lo tenía, pensé que de verdad lo había conseguido por fin. ¿Cómo has podido engañarme así?- de los ojos de aquel guiñapo comenzaron a brotar unos enormes lagrimones.- ¿Por qué te sigues escondiendo? ¿¡Es que nunca vas a perdonarme!? – Aidlliain alargó el brazo y recogió la caja, a la que comenzó a susurrar con ternura.- Sé que lo que hice estuvo mal, pero tienes que entenderlo, no había otra manera, sólo podía hacer eso ¡¡TE SALVÉ!! – de repente, toda esa tristeza se había convertido en ira, y con un brusco movimiento, la caja salió despedida, reventando contra el suelo y esparciendo su contenido por la alfombra.- ¡HICE LO QUE TENÍA QUE HACER, MALDITO PERRO DESAGRADECIDO!

Levantándose de un salto, el iracundo montón de huesos  en que se había convertido Aidlliain corrió hacia los abalorios que habían rodado por toda la sala, rezongando violentamente en un idioma desconocido para la mensajera, o quizás simplemente era que la dentadura se había movido de sitio. Uno de aquellos chismes rodó hasta los pies de Léa, quizás impulsado por una patada, y ésta pudo ver que se trataba de un amuleto de la Dama, comúnmente usado para rituales de limpieza y exorcismos. De repente, el anciano se detuvo en seco, y se volvió bruscamente hacia la mensajera, acercándose lentamente, como un depredador que no quiere espantar a su presa.

- Tú… ¿Tú quién ERES?

El alegre jolgorio de las calles parecía hallarse muy lejos de allí, e incluso la luz pareció cambiar y oscurecerse. De pronto aquella habitación parecía hallarse muy lejos de Tincracia, y de algún modo extraño, algo le decía a la mensajera que no le estaban preguntando su nombre.
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Re: Cabos sueltos

Mensaje por Léa el 10/02/16, 06:25 pm

Léa permaneció inmóvil, observando la sutil transformación del anciano mientras se acercaba a ella. La mensajera no tenía miedo, simplemente estaba alerta, preparada para el ataque o la huida, según se dieran las cosas, porque por lo visto su anfitrión sí estaba loco. Hasta ese momento los locos escapaban a la experiencia directa de la chica, como no fuera el típico “tonto del pueblo” que encontraba una que otra vez en su peregrinar por las islas, pero su instinto le decía que era mejor andar con pies de plomo.

Finalmente, no fue necesario atacar ni atacar ni huir, al menos en ese momento. La amenaza que fugazmente pareció representar el anciano, se disolvió en el aire. Pero no por ello Léa se relajó, estaba cada vez más convencida que el viejo podía llegar a ser peligroso, como lo sugería el hecho de que el mayordomo se ocultara tras ella, temeroso de la reacción de su amo tras abrir el paquete.

La mensajera sintió cierta decepción al comprobar que el misterioso objeto, por cuyo transporte tan bien le habían pagado era una pequeña caja negra, de apariencia bastante corriente. Y no fue ella la única decepcionada, aunque decir que Aidlliain estaba decepcionado era quedarse corto por mucho. Por un momento, pareció que el viejo iba a estallar en cólera, pero luego se desinfló como un globo pinchado.

Dos preguntas cruzaron por la mente de Léa mientras el mayordomo desaparecía del salón: ¿qué era lo que esperaba realmente recibir aquel anciano? ¿Cabía la posibilidad de que la culpara a ella por no haber recibido lo que esperaba? En esos momentos el estrafalario viejo parecía sumido en la pena, pero la muchacha sabía que eso podía cambiar de un momento a otro. Sin duda, lo más seguro era hacer un rápido mutis, pero no podía renunciar a su paga y no podía ponerse a buscar al mayordomo por toda la casa.

Que Aidlliain pasara en un tris de la tristeza a la furia no sorprendió del todo a la mensajera. Lo que sí la sorprendió, y mucho, fue el objeto que rodó hasta sus pies. Un amuleto de la dama, de esos que se usaban para hacer exorcismos y limpieza. Un objeto de esos no calificaba como pieza de arte ni decoración, ¿para que lo querría el viejo?

La pregunta del viejo sacó de sus cavilaciones a Léa. Ya le había preguntado lo mismo antes, pero ahora… ahora… su tono de voz era distinto… su tono de voz… y su actitud… y la habitación en sí misma, luz incluida. La sensación de peligro era tan poderosa que se le erizaron los vellos del cuerpo y no pudo evitar dar un paso atrás, aunque reprimió el impulso de salir corriendo, algo le decía que no iba a llegar muy lejos si lo intentaba.

- Soy la mensajera que le acaba de entregar ese paquete – dijo con toda la calma que fue capaz de reunir, mientras elevaba una silenciosa oración a la dama pidiendo su protección. La joven intuía que no era esa la respuesta que esperaban de ella, pero como no entendía que quería realmente saber el viejo, era la única que podía dar.
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