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Limpiando impurezas

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Limpiando impurezas

Mensaje por Lord Artix el 06/08/12, 06:05 pm

Artix no era alguien que se quejara demasiado de su vida. Para ser honestos, la vida le había tratado de una manera adecuada.
Fue aprendiz de soldado bajo el ala de un gran maestro. Él era uno de tantos aprendices, pero su fe y entrenamiento constante le hicieron el preferido para cargar con el manto de su mentor. Tras años de duro entrenamiento físico y espiritual, Artix vistió las armaduras de Paladín. Siempre un hombre pacífico y discreto, negándose a usar los beneficios que ello otorgaba, ocultando u armadura bajo una larga capa.

Como Paladín, había servido durante un tiempo en la Orden, y la vida fue gloriosa en aquellos tiempos. La mala suerte, así como las cada vez mayores exigencias del Alto Mando, le mandó a una misión suicida con su hermano y un grupo de aspirantes. Aquella emboscada fue terrible, y Artix tuvo suerte de haber podido ordenar la retirada antes de que el caos y la muerte se apoderaran del campo de batalla. Algunos de los hombres del grupo habían quedado atrás; su hermano Cyrian entre ellos.
Volvió a buscar a sus hombres, pero no encontró a nadie. El único vestigio de que su hermano estuvo allí era su maza roja. No sería algo a destacar si no fuera porque era exactamente igual que la suya: un martillo de cabeza poligonal, totalmente irregular que giraba sobre sí misma. La de Artix era de un color rosa o morado muy claro en contraste con el intenso rojo de la de su hermano. Por respeto a él, la llevo consigo, y lo mostró furioso ante los Altos del Consejo. Yendo en contra de todo lo que él creyó hasta ahora, golpeó con todas sus fuerzas con la maza de su hermano, destruyendo su nombre. Después, juró con una voz solemne que ese arma nunca sería blandida de nuevo “hasta que la oscuridad se purgue o su dueño la reclame.” Acto seguido, se marchó para no volver.

Artix, a pesar de su desprecio por la Orden y lo que le hicieron, seguía ejerciendo como Paladín de la Luz, siguiendo un camino propio acorde a sus creencias. Habiendo abandonado Rhylia, tomó a una discípula y la instruyó siempre en las enseñanzas de la Luz, intentando mantener de lado el fanatismo de la Orden. Desde su actual lugar en Jaspia, Artix reza por el bienestar de su aprendiz donde quiera que esté.

En Jaspia, la guerra había traído desgracias, pero también aportó negocio para los que supieran ver dónde trabajar. En sus años mozos había sido aprendiz de herrero hasta haber dominado totalmente el oficio. Negándose a participar abiertamente en conflicto, trabajó como ayudante de uno de los herreros locales. La gran demanda de armamento y armaduras para la guerra disparó los beneficios del taller y consiguió oro suficiente para montar su propio taller. Tras meditarlo, decidió que Adysium sería un gran lugar para establecerse. Un centro de comercio permitía tener trabajo suficiente para poder permitirse unos días libres al mes de vez en cuando. Fue la época en la que la fortuna empezó a sonreírle. Por desgracia, duró más bien poco.

Fue maravilloso para él encontrarse con sus viejos camaradas de armas de cuando aún eran de la Orden, y a veces tomaban unas jarras de hidromiel en alguna taberna. Sin embargo, algunos de ellos han estado desapareciendo, y uno de ellos se ha encontrado fallecido. Que la Luz tenga a Laia en su gloria eterna. El otro desaparecido era su compañero Ruther, encargado del culto de la Dama en la isla de Kuzueth. Fue hace un par de semanas de aquellas funestas noticias, y los pocos días que tiene libres los dedica a investigar.

La herrería no era sólo una forma de vida. En términos militares, solía ser el equivalente a una posada en lo que a rumores y noticias se refería. Un soldado o noble que pidiera un arma o una armadura siempre tenía algo que decir, de mayor o menor importancia. Artix siempre tenía la armadura de paladín guardada en el almacén, pero el llamativo yelmo lucía siempre en el taller. Algunos lo veían como un emblema de confianza y soltaban más prenda, intentando confiar en que se uniría a su causa. Otros hablaban sólo del encargo, pero un soldado con experiencia como Artix significaba un conocimiento profundo sobre el combate y las armas. En el fondo, algunos preferían su acero al de otros herreros que no habían esgrimido un arma ni vestido una armadura en batalla.

Aquella mañana empezó temprano, con Artix sentado ante la piedra de pulir. Había dejado un par de espadas forjadas llenas de impurezas, y el cargamento de acero para recuperar los materiales gastados en los encargos anteriores tendría que estar en camino, llegando con mucha suerte en unas horas, con poca, a última hora del día. El chirriar de la espada puliéndose era cuanto menos molesto, pero la vida le había hecho acostumbrarse. De vez en cuanto, cuando se oía un sonido más alto de lo normal, Artix miraba de reojo por si se había acercado a preguntar algún cliente.
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Re: Limpiando impurezas

Mensaje por Léa el 09/08/12, 02:40 am

En aquellos tiempos borrascosos, la vida de Léa se había vuelto cada vez más difícil; no era fácil ganarse la vida en forma independiente y menos aún lo era para una mujer. Sin embargo, la mensajera seguía luchando porque era demasiado independiente para pedirle ayuda a la familia de su madre adoptiva y porque sabía que moriría de aburrimiento si intentaba trabajar como mesera y otros oficios, como mercenaria o prostituta simplemente no iban con ella.

Durante un considerable período de tiempo el negocio de la mensajería había estado tan malo, que la muchacha se había visto obligado a ejercer de guía para que ella y Silfo pudieran subsistir pero, desde hacía algunas semanas, el viento había vuelto a soplar a favor y sus servicios de mensajera habían vuelto a ser requeridos: reclutas forzados que deseaba enviar noticias a casa, familias que deseaban tener algún contacto con los suyos, personas que intentaban sacar objetos de valor – disfrazados de encomiendas inocentes – a zonas más seguras y más de algún encargo misterioso hecho por misteriosos personajes, la habían tenido bastante ocupada, tanto en cumplir su cometido como en mantenerse con vida.

Léa había recorrido un largo y difícil camino para llegar a Adysium desde Thialir, el bastión de la Dama donde se había originado su encargo. Ya no era posible, como antes, tomar un barco y llegar directamente desde un puerto a otro; no fondeaban naves del Triskel en las zonas donde dominaban los blasones de la Dama y los navíos que portaban esa enseña eran visitantes poco gratos en las aguas bajo el mandato del rey. Había que usar embarcaciones independientes, que eran pocas y de rutas cortas y resignarse a muchas escalas y largas esperas. Claro que la mensajera había sacado provecho llevando mensajes de una isla a otra y recorriendo a fondo cada una de aquellas en que había tenido que esperar, en busca de clientes, pero el premio mayor lo recibiría cuando llegara a la isla de los magos e hiciera su entrega especial.

“Bien mirado”, se decía ahora que su entrega estaba hecha y su paga recibida, “fue mejor resignarme a dar tantas vueltas. Si me empeño en venir lo más directo posible, alguien podría haber entrado en sospechas; hay ojos y oídos por todas partes”

Pero nadie había sospechado nada, no había sufrido ningún percance que pudiera calificarse como inusual y ahora que tenía una buena cantidad de dinero, la muchacha podía permitirse un poco de descanso y algunos cuidados. Y por encima de todo, podría mimar a Silfo, que bien merecido lo tenía: una pesebrera cómoda, buen forraje, agua fresca, alguna yegua animosa y herraduras nuevas; su caballo necesitaba renovar su calzado de manera urgente. Luego de una noche de descanso en la posada en que había tomado habitación y pesebrera y al concluir un reponedor desayuno, había preguntado por una buena herrería y se había puesto en marcha en la dirección indicada, llevando a Silfo de las riendas, esperando que el herrero fuera de veras bueno, ya que su corcel merecía lo mejor.

Al llegar al lugar señalado, los sonidos que provenían de su interior le indicaron claramente que era el correcto, así que entró tranquilamente, tirando de las bridas de su montura.

- Buenos días – saludó cortésmente al hombre sentado ante la piedra de pulir.
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Re: Limpiando impurezas

Mensaje por Lord Artix el 10/08/12, 05:36 pm

Artix miró de reojo hacia el mostrador con una sonrisa de medio lado. Allí vio a una joven agarraba a un corcel de las riendas, una estampa de lo más inusual. Imaginó que, si le pedía algo, seguramente sería para el caballo.

“Buenos días, señorita,” dijo Artix, devolviendo el saludo. “En seguida estoy con usted.”

Miró detenidamente la espada, notando cómo había sido capaz de raspar una parte del centro de la hoja. No era mal ritmo, seguramente pudiera tener dos espadas pulidas y listas para vender si el día permanecía tranquilo. Dejando la espada tumbada en la piedra, se levantó apoyando su peso en el mostrador.

“Bien, ¿qué puedo hacer por usted?” preguntó mientras se sacudía las raspas de metal en el delantal de cuero. “¿Busca algo en particular? Trabajo la gran mayoría de los metales y equipo. Aunque es cierto que forjo principalmente encargos específicos y personalizados, tengo algunas armas romas y armaduras con peso adicional para entrenar el cuerpo de los soldados. ¿Armas? Las que quiera. Si existe o tengo una descripción detallada, la puedo hacer. ¿Armaduras? Tardan más según la complejidad del diseño y de las piezas que quiera.”

Con una sonrisa, Artix extendió los brazos mostrando con orgullo su lugar de trabajo. La herrería, salvo el par de espadas con las que estaba trabajando y su yelmo reposando en la estantería superior, era más bien austera. Había un par de armaduras en unos maniquíes al fondo, y varias armas en las estanterías, muchas de ellas muy ornamentadas, con empuñaduras decoradas y runas inscritas en las hojas. También había un cofre con armas sin afilar, así como guanteletes y botas que tenían un aspecto más robusto de lo normal.

Artix se cruzó de brazos, apoyando un pie en el yunque. “Usted dirá.”
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Re: Limpiando impurezas

Mensaje por Léa el 11/08/12, 08:24 pm

- Está bien, aguardaré.

La espera fue demasiado breve como para que Léa pudiera hacer más que echar un vistazo rápido alrededor, y lo que llamó mas su atención fue el yelmo que decoraba el lugar, no sólo porque era una pieza muy llamativa sino también porque había esperado ver un arado o alguna herramienta de ese tipo y un yelmo le hizo pensar que aquella era una herrería bastante especializada.

Las palabras con que el herrero comenzó a atender a la muchacha confirmaron ese pensamiento. Armas, armaduras, equipo de guerra en general y específicos y personalizados encima de todo. La sonrisa de orgullo con que el hombre mostraba su local dibujó en los labios de la mensajera una sonrisa de correspondencia mientras miraba con detalle en torno suyo y acariciaba distraídamente las crines de Silfo.

A la chica le gustó el lugar, sobrio, ordenado, daba una grata impresión de eficiencia y, aunque estaba lejos de ser una especialista en armas y similares, podía apreciar la calidad del trabajo que ahí se hacía. Lástima que no necesitara nada de eso. Una armadura metálica quizás le brindaría más seguridad que la de cuero, pero se le antojaba que a la larga sería muy poco práctica y respecto a armas… su destreza con el cuchillo no merecía que despilfarrara un dinero cada vez más difícil de conseguir en alguna de las armas que se exhibían allí, por más que los ornamentos de algunas las hicieran más que tentadoras.

En cuanto a Silfo, si bien Léa sabía que existía equipamiento para caballos, nunca había pensado en tales arreos para él porque nunca había pensado en entrar en combate, ni montada ni a pie; todo lo que ella quería era un juego de herraduras nuevas para su cabalgadura y aunque no había nada parecido en lo que alcanzaba a ver, esta era una herrería y tendría que servir. Quizás el amable herrero tendría que atender un encargo específico diferente a lo usual.

- Necesito herraduras nuevas para mi caballo –
contestó, tranquila y segura.
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Re: Limpiando impurezas

Mensaje por Lord Artix el 14/08/12, 02:25 pm

Artix se impulsó hacia delante dando una palmada.

“¡Estupendo! Hacía varias semanas, meses me atrevería a decir, que no me hacen un encargo de herrador. Vamos a ver al grandullón.”

Artix abrió uno de los cajones de debajo del mostrador y sacó unas pinzas de medir, un raspador, un cuchillo de pezuñas y un martillo. Acto seguido, se acercó al caballo con delicadeza, agarrando una de las patas. Dando unos golpes delicados con los nudillos en la corva consiguió que levantara una de las patas. La sostuvo en el aire, agarrando las pinzas con su mano libre.

“Dígame, ¿qué tipo de tareas realiza este caballo?” preguntó mientras medía el tamaño de la pezuña. “¿Animal de carga pesada, corcel de batalla? Vendría bien saber si lo tiene para competición o es como una mascota.”

Artix se alejó del caballo, tomando unos papeles en una estantería y una pluma en un tintero medio gastado. Después de acercar todo a la mesa, escribió las medidas de la pata posterior izquierda. Tras ello, volvió al caballo e hizo que alzara la pata posterior derecha.

“Según el tipo de terreno por el que lo lleve necesitará unas herraduras distintas.” Tras apuntar las medidas, levantó la anterior derecha. “No parece tener heridas ni ningún tipo de malformación, así que es un asunto menos del que preocuparnos.”

Una vez terminada la toma de medidas, volvió a dejar el tintero y el resto de papeles sin usar en la estantería, revisando la tabla que se había hecho en la hoja que tenía en la mano.

“Bueno, las medidas son parecidas a la estándar, pero todos los factores que le he mencionado son importantes: carga que suela llevar, terreno de viaje, falta de tracción… Cuanto más me pueda decir sobre su caballo, mejor.”
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Re: Limpiando impurezas

Mensaje por Léa el 19/08/12, 03:11 am

Léa sonrío ampliamente, encantada por la reacción del herrero; había esperado más reticencia antes de que su encargo fuera aceptado, pero era muy agradable no tener que empezar el día con una discusión en defensa de sus derechos de cliente.

No era la primera vez que las herraduras de Silfo eran cambiadas, pero sí era la primera ocasión que tenía la mensajera de observar el proceso. Siempre había tenido la impresión de que todo se reducía a encontrar las herraduras del tamaño adecuado, así que no dejaron de sorprenderla tanto las herramientas que el herrador había sacado como las preguntas que le hacía.

- Silfo es mi compañero de trabajo –
comenzó a responder – y su función es transportarme. Hum, no creo que califique como carga pesada – agregó con una risita.

La joven sabía de sobra que su caballo no tenía heridas ni malformaciones, había sido un potrillo perfecto y ella siempre lo había cuidado con el esmero que un buen amigo merecía. Así que asintió con orgullo a las palabras de Artix, ponderando para sus adentros el cuidado que éste ponía en su trabajo y pensando que quizás no le iba a salir barato, pero cada moneda estaría bien empleada.

- Aparte de mi persona, la única carga que Silfo transporta son las alforjas donde llevo el equipaje y los mensajes y el terreno de viaje varía según la isla en que estemos y la ruta que tengamos que hacer: pasto, arena, roca, gravilla, lodo, tierra, hasta madera cuanto toca viajar en barco. En cuanto a tracción, lo único que ha arrastrado en su vida es a un imprudente que quiso robárselo –
luego de reflexionar un poco añade – No acostumbro ir al galope, sólo en casos de emergencia, lo usual es que use un trote ligero. No compito en nada y tampoco combato, mi trabajo es viajar.

Luego de terminado su informe, Léa miró a Artix con una sonrisa amplia.

- ¿Todos los herreros son igual de acuciosos o usted es la excepción a la regla?

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Re: Limpiando impurezas

Mensaje por Lord Artix el 26/08/12, 07:57 am

Artix empezó a tomar apuntes con lo que la joven le iba citando. Cuando hizo el comentario sobre su peso, hizo un esfuerzo por no mirarla de arriba abajo. Al terminar con todos los detalles, sonrió abiertamente.

“Bueno, con todo esto tengo para trabajar,” dijo Artix, volviéndose a la joven. “Con todo lo que me ha dicho, sólo necesitará unas herraduras normales y el cuidado básico. Eso incluye limpiar la tierra, arena o cualquier material que se quede entre la pezuña y la herradura. Aunque con lo bien cuidado que está el grandullón, no creo estar diciéndole nada que no sepa ya.”

Ante la última pregunta de la chica, no pudo evitar dejar escapar una sonora carcajada.
“Bueno, normalmente no soy distinto a otros herreros en ese sentido, pero principalmente depende de en qué esté trabajando en ese momento.” Sin dejar de mirar a la joven, señaló con el pulgar a la forja apagada detrás suya. “Como puede comprobar, hoy no tengo la fragua encendida de momento. Si estuviera trabajando en ella, seguramente sí hubiera tenido que pedirle que viniera en otro momento; dejar esta belleza sin atender es de las peores metidas de pata que alguien de mi oficio puede tener. Por no hablar de todo el tiempo que seguramente pierda si dejo que el metal se enfríe en mitad del trabajo, teniendo que esperar a que se caliente de nuevo.”

Con un par de zancadas, agarró la espada con la que estuvo trabajando hasta que ella llegó, mostrando un lado de la hoja que estaba en parte pulido, pero con restos de metal en el final de la hoja donde iría la empuñadura. “Por otra parte, pulir las armas y armaduras es algo que puede posponerse para atender un pedido. Lo único malo es que luego hay que recuperar el tiempo, pero atender a los clientes tiene prioridad respecto a raspar un arma que, por lo demás, está ya terminada. La única excepción es cuando los encargos tienen una fecha límite, algo que no suele ser muy común.”

Artix se cruzó de brazos, mirando a la joven y luego al caballo.

“Siendo mensajera, imagino que el encargo le corre prisa, así que me pondré a ello en cuanto usted me diga.”
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Re: Limpiando impurezas

Mensaje por Léa el 02/09/12, 08:33 pm

Léa mira con afecto a Silfo cuando Artix comentó lo bien cuidado que estaba el animal y pasó los dedos entre sus crines, el mimo preferido del caballo.

- Lo cuido como se merece, nada más. ¿Cómo es eso de las herraduras normales? –
añadió, curiosa - ¿Hay distintos tipos de herraduras? – para la mensajera siempre era importante aprender algo nuevo y ya que, por angas o por mangas, nunca había tenido una charla larga con un herrero, iba a aprovechar la ocasión.

La mensajera escuchó con interés las explicaciones del herrero. Aquello de dar prioridad a algunos encargos y posponer otros, era algo que entendía bien ya que también tenía que hacerlo en su negocio. Cuando se tenían mensajes para muchos lugares diferentes, era esencial discernir cuáles eran los de mayor importancia o más urgentes a fin de trazar la mejor ruta posible. Claro que para cada persona su mensaje o encomienda eran los más importantes del mundo, pero como era imposible llegar a todas partes al mismo tiempo, era ella la que decidía y al que le tocaba esperar, esperaba no más.

- Tuve suerte de que el fuego estuviera apagado entonces, aunque no me hubiera importado volver.


La joven sonrió contenta ante la buena disposición del artesano para atender su encargo y, aunque en otras ocasiones quería todo “para ayer”, esta vez no tenía prisa: no tenía mensajes que entregar, disponía de algo de dinero y se había prometido a sí misma un pequeño descanso.

- Ahora mismo no tengo apuro, pero si puede hacerlo de inmediato, antes que otro encargo ocupe su atención, lo agradeceré mucho –
dijo honestamente - ¿Le molestaría mucho si me quedo y miro? – preguntó con una sonrisa.

Aunque normalmente hacia el encargo y dejaba a Silfo en manos del herrero para ocuparse de sus tareas, en ese momento no tenía nada mejor que hacer y sentía verdadera curiosidad por ver el proceso de cambio de calzado de su cabalgadura.
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Re: Limpiando impurezas

Mensaje por Lord Artix el 13/09/12, 02:57 pm

Siempre era agradable para Artix encontrarse con alguien que le preguntara sobre su oficio. Alargó el brazo para abrir uno de los cajones que tenía y sacó tres herraduras distintas. Una de ellas era de cobre; las otras dos, de acero. Una de las dos, sin embargo, tenía una especia de protuberancias en los bordes y en la punta de la herradura.

“Verá, éste es el modelo estándar,” dijo con una sonrisa, señalando a la del centro, la de acero solo. “Es la que se pide con más frecuencia, un calzado fuerte y duradero.” Después señaló con una mueca a la herradura de cobre. “Éstas tienen el problema de que, debido a las propiedades del cobre, no tienen una vida útil especialmente larga, pero son más asequibles. Normalmente las piden los granjeros para los bueyes que usan para arar o aficionados al juego de la herradura.”

Después señaló a la tercera. “Estas protuberancias que ve en esta herradura aumentan la tracción del caballo. También hay un modelo del que no tengo ninguno disponible en este momento, pero son de una aleación más ligera que el acero. Se usan principalmente para caballos de carreras.”

Al acabar la explicación y escuchar la petición, Artix guardó de nuevo las tres herraduras en el correspondiente cajón. “No veo ningún problema, aunque le advierto que este lugar e vuelve bastante ruidoso cuando hay trabajo.”

Empezó a andar por todo el taller, abriendo cajones y armarios. Sacó una pequeña máscara de trapo negra que se metió en uno de los bolsillos del delantal de cuero, unos lingotes de acero y unos moldes pequeños. Después de meter un par de barras en una gran olla gruesa, se puso en cuclillas delante del horno. De dentro de un cajón cercano sacó unas pastillas de carbón que puso en el centro del horno y las rodeó con ramas y hojas secas que sacó de dentro de un enorme saco que tenía al lado del horno. Tras tenerlo todo preparado, tomó un par de piedras de una estantería y las entrechocó, produciendo chispas que prendieron las ramas. Una vez hubo soplado un par de veces para avivar el fuego, metió la olla dentro.

“Y ahora mientras se funde el metal, vamos a ir encendiendo la forja.”

Artix tomó un puñado de pastillas de carbón y otro montón de ramas y hojas y se acercó a la forja. Lo primero que hizo tras dejar todo en el borde fue limpiar las cenizas del centro. Después, puso las pastillas dentro, dejando hueco entre ellas, y luego las cubrió con las ramas y las hojas, encendiéndolas con las mismas piedras que usó con el horno. Artix las dejó en su bolsillo antes de dar una palmada dándose la vuelta con una sonrisa llena de ilusión, como la de un niño con su juguete favorito. De una de las despensas sacó un martillo y unas pinzas que se enganchó al cinturón. Se giró hacia una pequeña prensa, alargando el brazo para tomar el pequeño molde que había sacado. Con determinación giró la manivela hasta que las piezas de metal apresaron con fuerza el molde.

“Y ahora,” dijo mientras sacaba la máscara y se cubría la nariz y la boca con ella, “¡a trabajar!”
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Re: Limpiando impurezas

Mensaje por Léa el 21/09/12, 02:29 am

- Y el modelo estándar es el más apropiado para Silfo, por lo que veo – comentó Léa luego de escuchar la explicación y mirar las herraduras con interés.

Bien pensado, no era tan diferente de lo que pasaba con el calzado de los humanos, había un tipo distinto según el uso que se le diera; no era lo mismo el calzado de un campesino que el de un pescador , el de un sirviente que el de su señor, el de un soldado que el de un clérigo y aparte del uso, el dinero también jugaba un papel importante.

- Me lo imagino –
contestó cuando le le habló sobre el ruido que hacía al trabajar – pero el ruido no me molesta y a Silfo tampoco.

Su oficio había vuelto a la mensajera una persona bastante versátil, capaz de adaptarse a las condiciones más variadas; no la intimidaba el silencio de un cementerio ni la incomodaba el ruido estrepitoso de una fragua e incluso había desarrollado la habilidad de escuchar a quien quisiera dictarle una carta en medio de la mayor de las algarabías.

Mientras Silfo- un animal práctico - optaba por descansar echándose en el suelo del local, la joven contempló la actividad del herrero apoyada en el mostrador, pensando al verlo disponerse a encender el fuego que, además de ruido, pronto iba a hacer mucho calor en el lugar y sonriendo a su vez al ver como esa sonrisa ilusionada se dibujaba en los labios varoniles. No era la primera vez que veía a un hombre hecho y derecho enfrentarse a su trabajo, o parte de él, como si fuera a jugar con su juguete preferido y nunca dejaba de sorprenderle un poco; no recordaba haber visto esa expresión en mujeres o quizás era que no había prestado mucha atención.

Léa mantuvo su atención centrada en el trabajo del herrero durante la manufactura de la primera herradura; para la segunda, el proceso empezó a hacérsele conocido y su concentración en lo que miraba comenzó a debilitarse y su vista, a vagar a ratos por el entorno. Cuando Artix trabajaba en la tercera, su mirada paseaba por el entorno en busca de otros puntos de interés y pronto fue capturada por el yelmo que había visto al entrar, el punto sobresaliente en la decoración de la, por lo demás, austera herrería.

No vio la fabricación de la cuarta herradura porque se había acercado al yelmo para mirarlo mejor. Con el ceño algo fruncido lo tomó con cuidado y le dio vueltas para apreciar hasta el más pequeño de los detalles. Algo en él le traía muchos recuerdos, no todos agradables.
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Re: Limpiando impurezas

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