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La que el viento trajo

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La que el viento trajo

Mensaje por Riomar el 14/07/13, 07:34 pm

Gruesos y oscuros nubarrones, señal de una tormenta inminente, se reunían con rapidez arrastrados por el fuerte viento y cubrían por completo el cielo a medida que nos acercábamos al puerto. Los marineros, nerviosos, rogaban por llegar antes del estallido de la tempestad, pero lo que para ellos era motivo de aprensión y ansiedad, para mí era un alivio: no tendría que exponerme a los rayos del sol de mediodía cuando me viera obligada a dejar la embarcación. Parte de la maldición que pesaba sobre mi había convertido a ese sol que tanto amaba en un enemigo casi mortal, al cual debía esquivar cuando todo lo que deseaba era recibir sus caricias en plenitud.

El aroma de las olas, del viento y de la lluvia que empezó a caer a torrentes, se mezclaba con el olor al miedo que tripulantes y pasajeros exudaban ante la fuerza desatada de la tormenta, componiendo para mi olfato un perfume extraño, pero no desagradable, mucho más grato de todas maneras que los efluvios de suciedad y sudor que había tenido que soportar durante el viaje.

Me mantuve en cubierta, haciendo croquis de las cambiantes nubes y de las embravecidas olas, tanto tiempo como me fue posible pero la lluvía que empezó a caer con frenesí puso fin a mis intentos y, haciendo caso de las indicaciones - gritadas a voz en cuello - de los marineros, volví a mi camarote.

Ahi estaba, revisando las imágenes que había logrado captar para decidir cual trasladaría auna tela, cuando un gran estruendo y un brusco bamboleo, que me hizo rodar por el piso, anunciaron que habíamos llegado al muelle, mismo que entre la oscuridad provocada por las nubes y la densa cortina de agua que no dejaba de caer, el timonel no alcanzó a ver a tiempo. Si la nave se averió, no fue lo suficiente como para hacerla naufragar en el puerto mismo y los pasajeros, yo entre ellos, desembarcamos sin más contratiempo que quedar calados hasta los huesos y algún moretón..

No temía enfermarme al estar empapada, pero la sensación no era para nada agradable, así que mire en rededor buscando a alguien que pareciera ser del lugar. No tenía hambre, en el barco me había alimentado bien, sólo quería información: como llegar a una buena posada.

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Re: La que el viento trajo

Mensaje por Aura el 19/07/13, 01:01 pm

No podía evitarlo. Allí donde fuese, la gente se quedaba mirándola, y a la kamael le parecía llamativo cómo aquello se había vuelto tan detestable. En los primeros días a la joven le resultó grato, pues venía de ser una masa de aire que nadie veía pero ocupaba espacio, y el cambio que experimentó al convertirse en el centro de atención cada vez que se cruzaba con humanos se le hizo muy halagador al principio. Pero todo tenía un límite. Tenía que limitarse a mirar hacia abajo cada vez que la gente quedaba como en trance observándola, para así intentar mermar su deseo de matar, porque su mente le recordaba a cada instante que su misión era proteger a aquellas criaturas inferiores que tanto la admiraban.

Pero lo peor no era eso, sino que de alguna manera su actitud parecía formular toda clase de absurdas teorías en quienes la contemplaban. Que si era un ángel, que por qué tenía sólo un ala, que por qué la trataba tan delicadamente... Temas que no concernían para nada a los humanos. Aura era consciente de que aquellos seres ni siquiera se entendían a sí mismos, ¿qué chance había de que entendieran por qué ella trataba así a su ala? Para saber tanto, los humanos eran bastante ignorantes, eso fue algo de lo que la kamael siempre estuvo convencida.

Habían pasado 2 días desde que pisó aquella isla, y se había sabido mantener lejos de las grandes concentraciones de gente. No quería descansar, pero tenía que estar tranquila. Lo necesitaba. Las nubes en el cielo anunciaban una tormenta, y fue eso lo que la hizo decidirse a abandonar su soledad voluntaria. Le desagradaba la idea de tener encima todas las miradas, otra vez, como sabía que sucedería. Pero estaba segura de que eso cambiaría si, de alguna manera, lograba ocultar el ala. La pregunta era cómo. No tenía dinero, pues nunca lo había necesitado. Otra cosa que detestaba de los humanos: la mayoría estaban controlados por aquel ente abstracto, y su generosidad parecía depender directamente de eso.

La idea de empaparse le agradaba aún menos que el acoso que recibiría su ala, ya que ésta tardaba muchísimo en secarse, y era algo realmente molesto. Debía conseguir una capa cuando la tormenta pasara. Cómo pagarla era algo que pensaría más adelante. En ese momento sólo le importaba guarecerse de la lluvia. Recorrió las calles del pueblo rápidamente, buscando algo que pareciera una taberna. Cuando empezaron a caer las primeras gotas, detuvo a la primera persona que tuvo cerca y con un leve titubeo le consultó por la posada más cercana. Ya había empezado a llover cuando por fin ingresó al lugar. No estaba muy poblado, seguramente todos se habían refugiado en sus propios hogares.

Se paró cerca de la pared más alejada de la puerta y se quedó allí, acariciando su ala y mirando al exterior, contemplando cómo algunas gotas golpeaban con furia las ventanas de la posada. Quizás aliviada porque consiguió salvarse de la peor parte. Quizás ansiosa por poder salir de allí lo más rápido posible, para así evitar a los lugareños. El punto es que su vista no se apartaba de la puerta y las ventanas.
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Re: La que el viento trajo

Mensaje por Riomar el 07/08/13, 12:22 am

Conseguir información resultó más díficil de lo que preveía. El agua, que caía a cántaros, había transformado el muelle en una suerte de tierra desierta, excepto por el pasaje y la tripulación del barco que tan aparatosamente acababa de recalar. A falta de algo mejor probé a obtener informes entre pasajeros y marineros... entre los que pudiera atrapar al menos, ya que todos corrían buscando refugio de la lluvia y no estaban ni para ser seducidos por una sonrisa encantadora, sobornados por una moneda o compadecerse de una aparentemente indefensa mujer.

Bueno, casi todos. Un par de pasajeros - recién llegados como yo que iban a hospedarse con familia o amigos y, por lo tanto no tenían noticia de posadas- y un marino atendieron a mi requerimiento; este último me dio las señas de una fonda para marineros, único alojamiento que conocía en aquella isla. Un sitio así no era precisamente lo que buscaba, pero la verdad es que no tenía opción. En los breves momentos en que estuve vacilando, el muelle se había vaciado por completo. Ya no atracarían barcos mientras durara la tormenta – los que hubiera, de carga o pasajeros permanecerían a la gira hasta que esta amainara – y no había razón para que nadie se quedará allí, así que no tuve más remedio que emprender la búsqueda del lugar que me habían indicado.

Alguna vez fui una soñadora joven, que de tanto soñar se despistaba a menudo, pero eso había sido hacía mucho tiempo. Todos mis sueños habían muerto, asesinados a sangre fría, y con ellos se habían ido mis despistes. Sin embargo, buscar una dirección en una ciudad desconocida, en medio de una tempestad que impedía que hubiese alguien a mano para pedir indicaciones y sin puntos de referencia con los cuales orientarse, me hizo revivir fugazmente aquella época porque no tardé en extraviarme.

Sola en medio de la lluvia y el viento vagué cargando mi valija, la que no me parecía pesar más que un simple bolso, de una calle a otra durante algunos minutos hasta que comprendí que no encontraría la fonda que buscaba. Así que decidí dejar de buscarla y confié mi destino al azar, después de todo ya no podía mojarme más de lo que estaba antes de encontrar un lugar donde albergarme.

Transité por calles y callejuelas aparentemente sin destino, pero eligiendo mi ruta por detalles que nadie más que yo podía precibir: la forma de una poza de agua, la manera en que una calle era iluminada por la caída de un rayo, el lejano aroma de la leña de un hogar. Aunque estar calada hasta los huesos no era una sensación agradable, el imprevisto paseo sí estaba resultando grato con el juego de buscar un detalle que me indicara el camino a seguir.

No sé cuanto tiempo caminé y de ninguna manera hubiera podido decir donde estaba, pero finalmente encontre lo que en un principio buscaba: una posada. Apareció de repente antes mis ojos, como embarcación que surge desde la niebla, invitándome a entrar. Por supuesto, acepté encantada la invitación; ya quería ponerme ropa seca y beber algo caliente. Arrastrando mi maleta empujé la puerta y rezumando agua, entré al lugar buscando con la mirada el mesón de recepción.
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Re: La que el viento trajo

Mensaje por Aura el 11/12/13, 11:37 am

Conforme los minutos pasaban, Aura no podía pensar en otra cosa que no fuera la fortuna que tuvo al encontrar esa posada. No se imaginaba cómo hubiese tolerado esa lluvia, que era muy superior a la que había imaginado. Sin embargo, aún sintiéndose dichosa de haber encontrado ese lugar, seguía deseando poder irse lo antes posible. Existía la posibilidad de que hubiese gente esperando, como ella, que la lluvia cesara rápidamente, pero con el fin de poder ir a la taberna. Podía resultar paranoico pensar eso, pero era una posibilidad a tener en cuenta.

Pero la lluvia le tenía reservada una sorpresa a la kamael. Y no sólo a ella, sino también a aquellas pocas almas que se guarecían en la posada. Tanto, que todos dejaron de mirar con curiosidad el ala y se arrimaron a las ventanas para ver mejor. ¿Había alguien caminando bajo la lluvia? No podía ser que existiera gente tan necesitada de un trago. Aura dudaba que se tratase de un hombre, ya que aquella sombra parecía más bien femenina.

-Esto puede ser bueno -susurró, aparentemente a su ala-. Una mujer que necesita refugio puede ser más importante para esta gente que una mujer con un ala. Pero claro... -añadió poco después, mientras aquella figura entraba- siendo humanos, puede que no sea tan agradable para ella que eso pase.

Notó que llevaba una maleta, por lo que dedujo que aquella mujer pequeña estaba de viaje. ¿Sola? Eso se le hizo aún más extraño, y dejó ver eso en su mirada. La miraba con curiosidad. ¿Qué estaría haciendo una mujer joven viajando sola en semejante temporal?

Mientras la miraba, se le ocurrían varias ideas que fueron descartándose por su propio peso. Primero pensó que que acababa de llegar en barco, pero enseguida pensó que lo lógico hubiese sido esperar en la embarcación hasta que pasara la tormenta. Después de todo, el puerto era un lugar bastante seguro para un barco, pues la lluvia no parecía tan fuerte como para hundirlo. Luego, pensó que quizás no acababa de llegar, sino que se estaba yendo y pasaba a despedirse. Pero también, hubiese sido inteligente pasar a despedirse luego de la lluvia. Por más apurada que estuviese por partir, ningún barco ni carruaje saldría con ese clima. Además, su estado evidenciaba que había pasado bastante tiempo caminando bajo la lluvia, lo que fortaleció la idea de que no era de allí. Debía de haber pasado mucho tiempo buscando la posada.

Finalmente, terminó por decidir que había pasado mucho tiempo buscando algún refugio de la lluvia, y al llegar a esa conclusión volvió a posar su mirada en la ventana, en la lluvia que continuaba cayendo del otro lado.
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Re: La que el viento trajo

Mensaje por Riomar el 28/02/14, 07:47 pm

Sentí las miradas sobre mí mientras avanzaba hacia el mesón de recepción. Era inevitable, surgiendo como lo había hecho de en medio de una lluvia torrencial. No me agradaba ser el foco de la atención, pero tampoco le dí muchas vueltas al hecho, no tenía sentido.

- ¿Qué desea la dama? - un hombre bajo y canoso había aparecido en el mesón de recepción antes de que tuviera tiempo para agitar la campanilla llamándolo.

-Necesito una habitación y una buena sopa caliente

- ¿Desea una habitación privada, señora?

- Sí, y si es posible, con un baño propio.


- Tengo una así, pero es muy cara. Por eso casi nadie la ocupa.

- El precio no es problema, pagaré lo que sea.

- Son 10 maravedíes por noche – indicó el posadero, mirándome con aire dubitativo, como tanteando el terreno.

Sí que era un precio alto, pero fuera ese el valor real de la habitación o fuera que el dueño de la posada estuviera tratando de aprovecharse de la situación, no pensaba regatear. Realmente el dinero no era un problema para mí.

- Pagaré dos noches por adelantado – dije, sacando de mi bolso el dinero necesario. El posadero se quedó mudo por un instante, pero luego reaccionó y tomando una llave, me la entregó.

- Es en el segundo piso, la habitación 25.

- Gracias. Espero que mi sopa esté lista cuando baje.

- Así será, señora.

No es que tuviera hambre – y en caso de haberla tenido, la sopa no me hubiera servido de nada – pero en esos momentos, anhelaba realmente esa sopa.  Por el momentáneo calor que podía proporcionar a mi cuerpo mojado y frío, pero también porque para mí una sopa – cualquier sopa – siempre sabía a recuerdos. De mi infancia, de mi madrina, de mis sueños y en ese momento deseaba recordar; la lluvia, que seguía cayendo inclemente, me había puesto de un humor especial.

Mientras subía las escaleras rumbo a la que sería mi habitación, acompañada por los efluvios que emanaban del cuerpo y las ropas de los parroquianos, la lluvia, el fuego de leña, los alimentos y las bebidas, los muebles y algo de suciedad aquí y allá -  “nada diferente a tantas posadas”, pensé – una nota aromática poco habitual llamó mi atención. Bien, averiguar de que se trataba me brindaría algo de entretención cuando bajara.
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Re: La que el viento trajo

Mensaje por Aura el 22/04/14, 01:57 pm

Aura no pudo evitar sorprenderse por la actitud de la humana. O, si no sorprendida, al menos le llamó mucho la atención. Imaginó que aquella mujer hubiese prácticamente suplicado que le dieran refugio, y no sólo se manejó con firmeza, sino que además pagó sin pensárselo dos veces un precio aparentemente alto por una habitación. La kamael nunca se había manejado con dinero, no al menos con aquella moneda que mencionó el posadero, pero incluso éste último se sorprendió al ver que la mujer le pagaba dos noches.

-Nadie esperaría que alguien con dinero apareciese aquí con este clima -susurró, y al mirar por la ventana sus ojos le mostraron un panorama que era de esperarse: la lluvia no había cesado en intensidad, y grandes cantidades de agua se estaban acumulando en las calles que se veían desde donde estaba la kamael. Si el clima seguía así, no sólo habría que esperar a que pase la lluvia, sino que luego costaría avanzar por un lugar repleto de agua. Había llovido mucho más de lo que la ciudad estaba preparada para recibir, y el agua aún no cesaba de caer, ni parecía tener intención de hacerlo: caía tan furiosamente como cuando aquella mujer había entrado.

Los asistentes de la taberna permanecieron callados un rato después de que la nueva residente subió las escaleras, y poco después volvió a escucharse el cuchicheo típico de unas seis personas charlando animadamente. El sonido de sus voces era menguado por la lluvia, cosa que la kamael agradecía, pues no le apetecía saber qué estaban diciendo, simplemente se concentraba en la ventana, hasta que escuchó una pregunta lo suficientemente fuerte como para que ella lo escuchara.

-¿Ansiosa por irse o sólo le gusta la lluvia? -le preguntó el posadero.

-Me gustaría que terminase rápido, para ser sincera -contestó la kamael, sin mirarlo a los ojos. Supo quién le hablaba porque aquella voz le sonó familiar, y la única que había escuchado claramente era la del posadero.

-El ala le molesta mucho cuando se moja, ¿cierto?

-El problema no es el ala. El problema es que no se ve nada cuando llueve así, y una no sabe adónde se dirige. Y usted imaginará que tirar cortes al aire pone en peligro a mucha gente.

Esperaba que el posadero hubiese captado la advertencia. Aura no lo consideraba un mal tipo, apenas lo había visto. Pero aún así, no se terminaba de fiar de los humanos. Los consideraba moscas infecciosas, pero necesarias por alguna razón que no conocía, pero en la que confiaba ciegamente.
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Re: La que el viento trajo

Mensaje por Riomar el 04/05/14, 10:00 pm

La habitación número 25 – quizás la mejor de la posada – era amplia, acogedora y estaba sorprendentemente limpia, considerando que el posadero había dicho que casi no se usaba y aunque tenía cierto aroma a encierro, no era nada que una ventana abierta no pudiera solucionar. La chimenea que había en el rincón, carente de leña en esos momentos, y la amplia tina de latón que había en el baño me hicieron sentir que cada moneda que había pagado por su alquiler valía la pena. Nada como un buen baño caliente y un fuego crepitante para evocar los recuerdos que deseaba acariciar.

Como era de esperar toda mi ropa, zapatos incluidos, estaba empapada y embarrada – esperaba que la posada tuviera alguna moza que pudiera encender un fuego en la chimenea, preparrame un buen baño y ocuparse de lavar, secar y planchar mi ropa - y me quieté con gusto cada prenda para luego envolverme en una de las esponjosas toallas que siempre llevaba conmigo y frotarme hasta sentir que cada gota de lluvia había sido eliminada de mí. Ya seca y vestida con un nuevo atuendo, bajé al comedor en busca de la sopa que había ordenado y de aquel aroma particular que había llamado mi atención.

En cuanto bajé, el posadero se acercó para señalarme la mesa que debía ocupar y no tardó en aparecer una rubicunda joven de largas trenzas con un humeante cuenco lleno de una sopa cuyo aroma casi me arranca una lágrima, tan poderosa fue la evocación de mi madrina que provocó en mí. Pero la lágrima no salió y mi mente se abocó pronto a asuntos prácticos como pactar el encendido del fuego, la preparación de mi baño y el cuidado de mi ropa con la muchacha, bajo la promesa del pago de una buena propina. Sí, sabía que todos esos servicios debían estar incluidos en el alto precio que pagaba por esa habitación, pero sabía también que si acaso la muchacha vería una ínfima fracción de aquel dinero. Lo sabía por experiencia propia, la experiencia de mi época de frustrada camarera y ayudante de perfumista por la que tanta nostalgia estaba sintiendo.

La sopa estaba tan buena como su aroma sugería – el que mi cuerpo la eliminara luego sin haberla utilizado en absoluto para nutrirse, no quitaba que pudiera saborearla debidamente – y disfruté de su sabor y del calor que recorría mi cuerpo con cada cucharada, olvidada por completo de todo lo que pasaba a mi alrededor. Pero cuando la sopa terminó, el entorno volvió a existir para mí y aquella fragancia particular volvió a hacerse presente en mi nariz.

Perezosamente, paseé la vista en torno mío. Media docena de hombres ocupaban alguna de las meses, todos los cuales me habían estado observando y todos los cuales apartaban su mirada al toparse con la mía, como si los hubiera pillado en falta. A ninguno de ellos pertenecía aquel aroma peculiar, como tampoco al posadero ni a la mesera. Entonces la ví, de pie junto a una ventana, en la pared más alejada de la puerta.

Una mujer con un ala, una sola “¿Un ángel mutilado?”, me pregunté, con la mirada fija en ella.
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Re: La que el viento trajo

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